Bienvenidos a la guardería

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Ha empezado septiembre y con él ¡la dichosa adaptación a la guardería!

Lo llaman adaptación aunque deberíamos llamarlo “adaptación al resto de tu vida“. Y es que una vez empiezas en la rueda “de septiembre a junio”, vas empalmando guardería con cole; con instituto; con universidad; con tu primer trabajo; etc.

Mateu y Joana no van a la guardería.
Aunque debería decir “ya” no van a la guardería. Los tengo en casa conmigo. Cada vez que lo explico, alguien salta con comentarios animándome a llevar a Mateu (de nuevo) a la guarde. Ya no solo por él, que comerá mucho mejor y aprenderá a dormir solo la siesta, sino, por mí. Tendría más tiempo para mí y Joana. Pero bueno, no entraremos en detalles sobre esa reflexión, ¡que aquí hay chicha para otro post!

El caso es que el año pasado cedí a estos comentarios y sugerencias espontáneas que aparecían cada vez que expresaba mi intención de quedarme con mis hijos en casa y llevé a Mateu a la guarde. Argumentando (más como una justificación conmigo misma que otra cosa), que con la niña recién nacida -nació a finales de noviembre- haría frío y no podríamos salir al parque a jugar con otros niños. En primavera de 2014, empecé a buscar guardería (¡esto también da para otro texto! Me lo guardo). A los pocos días, encontré una que me gustó mucho y además, estaba cerca de casa. Así que todo apuntaba a que mi hijo ya tenía donde poder jugar con otros niños resguardado del frío hibernal de Barcelona (¡ejem!).

La adaptación de Mateu no fue muy típica.
El primer día llegué temblando. Esperaba que mi hijo llorara desconsolado en cuando lo dejara en clase (quizás algo condicionada por las experiencias que me habían transmitido terceros), así que llegué a la clase con una sonrisa nerviosa y a la espera de ese llanto desconsolado. Mateu no lloró. Vamos, por no hacer, no dijo ni adiós. Se limitó a salir corriendo, una vez la profesora abrió la puertecita de seguridad que daba acceso al aula, hacia los niños y los juguetes como si no hubiese podido jugar en meses. Y yo seguía con mi sonrisa nerviosa. Me di la vuelta a mitad de pasillo y volví a decir adiós (seguro que la primera vez no me había escuchado. Mateu es muy educado. NO me había escuchado). Tampoco obtuve respuesta. Mateu estaba jugando con un perro de plástico y otro niño de la clase. Desistí y mi risa nerviosa y yo, nos fuimos.

Esa mañana había quedado con mi amiga Silvia para desayunar. ¡Llegué como un flan! y no podía parar de hablar. Solo pensaba que en cualquier momento me podían llamar para ir a buscarlo porque quizá no se adaptaba o lloraba sin parar… pero no, la realidad es que al final no fue así. Al cabo de dos horas pude ir a buscarle sin más problema.

La profesora me comentó que solo se había extrañado al tener que salir al patio. No había entendido porque tenían que moverse de la clase hacia el patío y su cara decía algo tipo: “Si vuelve mamí no me va a encontrar, ¿Por qué nos movemos?”

Al día siguiente ya no fue tan confiado.
Se había aprendido el ritual y prefería que mami se quedara a jugar con esos niños y los juguetes nuevos. “Además, aquí son muy dados a cambiarte de lugar así, sin previo aviso” parecía pensar. Así que en cuanto lo dejé dentro de la clase y empecé a alejarme, empezaron los lloros desconsolados de “no me abandones”. El espectáculo de los lloros se repetiría durante varios días, eso sí, cada día empezaba antes. No fue hasta que pasó una semana cuando por fin entramos en la fase de aceptación y con ella, su mejor cara de resignación. “Mami no se queda a jugar”.

Nuestra aventura de guardería se limitaba a 3 horas al día. Lo iba a buscar para ir a comer a casa y he de reconocer que siempre estaba contento o comiendo (¿?) cuando yo llegaba. Las únicas veces que lo había encontrado llorando había sido si, antes que yo, había ido otra madre a buscar a su retoño.

En cualquier caso, los llantos y demás, tampoco duraron mucho.
A las dos semanas de empezar la guardería, pasamos a la siguiente fase: la de los virus con nombres imposibles. El boca-mano-pies, las anginas, los “inicios” de pulmonía, las bronquitis, conjuntivitis, faringitis, laringitis y todo lo que acaba en itis pasaron a ser nuestros compañeros durante muuuuuchos días y sus noches. Nuestro entorno nos decía: “¡Es normal! El primer año lo pillan todo. ¡Tienen que inmunizarse!” Y bueno, como siempre les respondía mi marido: “Inmunizarse es una cosa, pero es que a este ritmo, en un par de semanas más, ¡se nos hace inmortal”. Y es que de 8 meses que en total pagamos la guardería, Mateu fue solo 40 días no consecutivos. ¡40 días! (sabemos la cifra gracias a la rigurosa agenda que llevan en las guarderías hoy en día). Para que te hagas a la idea de la cantidad de días que pasó enfermo, se ganó el mote de “arma biológica” entre nuestros amigos, que andaban hartos de anular cenas y salidas porque Mateu estaba otra vez con fiebre.

Al final, la pediatra nos aconsejó que si podíamos quedarnos con él en casa, lo hiciésemos. Y así estamos.

Cuidado: ¡No quiero desanimar a nadie!.
El caso de Mateu fue eso, el caso de Mateu. El niño andaba con las defensas en los pies al empezar el curso y además, sus excesivas muestras de cariño constante (besos, abrazos, probar de la comida de los demás, etc), ayudaron a que mi hijo no fuera lo único que me llevaba para casa cuando pasaba a recogerlo por la guardería.

Así que, si este año empiezas con la guardería: Ármate de paciencia y ¡Mucha suerte!

La única desventaja de que Mateu este año no vaya a la guardería es que el año que viene, cuando empiece el cole, necesitará/re de nuevo pasar por una “adaptación”.

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