La importancia de las galletas

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No voy a esconder que una de las cosas que más me gusta del mundo es comer galletas. Eso es así.

Ya de bien pequeña me encantaba. Recuerdo cuando los domingos, después de comer en casa de mis abuelos maternos, salía la típica caja de metal de galletas de mantequilla para acompañar los cafés. Mi tiet Esteve, mi padre y yo nos poníamos del revés a galletas mientras el resto “fumaban” junto a la chimenea. Y es que la familia de mi madre fuma mucho. Fuman más, que comen galletas.

Podríamos decir que mi relación con las galletas es desde siempre. Bueno, hasta que vivimos nuestra gran crisis durante la lactancia de mi primer hijo Mateu.

Durante el embarazo gane pocos kilos. Engordé únicamente unos 10 ó 11. Digamos que ya iba “cargada” de antes… Pero al nacer Mateu, con la lactancia, empecé a tener mucha hambre y lo que más me apetecía por las noches, después de acostar al peque, era un vaso gigante de leche con galletas. Eso fue mi perdición.

Cuando das el pecho te dicen: “Va muy bien para el bebé, pero para ti también, ¡te recuperas antes!” Lo que nadie te cuenta es el hambre que da amamantar a un bebé, ni lo que engordan las galletas de chocolate a las 23 h mientras miras la tele tumbada en el sofá. ¡Que ponga un aviso en la etiqueta de las galletas aunque sea!.

Al terminar la lactancia (6 meses di teta a Mateu), dejé las galletas. Al cumplir los 9 meses, el jovenzuelo empezó a querer andar y yo, que justo iniciaba las incomodidades del primer trimestre de embarazo de Joana, comencé a perder peso.

No ha sido hasta meses más tarde cuando por fin he hecho las paces con ellas. He descubierto algo mejor que comer galletas: ¡Enseñarle a Mateu a comer galletas mojadas en leche!

¿Y tú? ¿También tienes o has tenido alguna “kryptonita”?

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