Un susto

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Muchos habéis preguntado si al final celebramos el cumpleaños de Mateu. ¡Sí! Pudimos celebrar el cumpleaños con un montón de amigos. Nos lo pasamos pipa y todo fue estupendo. Casi no sobró comida e incluso algunos se quedaron a cenar (¡eso es que estaban a gusto! 🙂

Pero lo bueno duro poco… celebramos el cumpleaños el sábado y el siguiente lunes Joana volvía con las anginas. Vuelta a la pediatra, vuelta al antibiótico y vuelta a la complicada logística de uno enfermo y el otro no (no vas a tener al sano también encerrado en casa…). Así que #escolanito se convirtió en mi compañero en todo, me acompañó esos días un rato al trabajo, al veterinario, a la compra… hasta que, también se puso malo.

Empezó devolviendo a las 6 de la mañana y 4 horas más tarde sin que los vómitos parasen y sin poder tomar ni gota de agua nos fuimos a urgencias. Esperaba no tardar más de un par de horas. Que aceptase suero o le diesen algo de medicación para parar los vómitos y vuelta a casa y yo al trabajo. Vuelta a la normalidad. Pero no fue así.

Nos recibió la misma pediatra que la semana anterior había diagnosticado las anginas así que se alarmó al vernos repetir. Pidió analítica y me dijo que lo ingresaban. ¿Qué? ¿Cómo? Tuve una sensación de impotencia brutal. Es difícil de explicar, pero era como si de alguna manera, me dijeran: ¡Aquí le cuidaremos mejor que tú!

Después del primer impacto al oír ingreso, le colocaron una vía para el suero y yo moría por echarme a llorar pensando que detrás de la gastroenteritis podía haber algo más. En la analítica no salió nada raro, ni el niño estaba tan deshidratado como temían, pero ya andábamos ingresados y hasta 48h más tarde no volvimos a casa (lo que parece ser el protocolo habitual en estos casos…).

Después de únicamente 2 días en el hospital, no puedo ni imaginar como lo pasan padres que realmente ingresan a sus hijos por enfermedades más complicadas que una simple gastroenteritis. Ayer estuve con una de estas madres. ¡Respeto absoluto por su fortaleza! Hace menos de una semana estuvo cinco días con el pequeño ingresado por enterovirus, ahí es nada. Final feliz y niño y familia de nuevo en casa (eso sí, sin poder salir hasta dentro de 20 días para que no pille nada más).

Reflexionando sobre todo esto y recordando que mi única reacción cuando me lo explicó  fue darle un abrazo gigante, me ha hecho sentir tonta y egoísta por “preocuparme” tanto una simple gastroenteritis.

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